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Albert Ollés
El Periódico
Domingo, 20 agosto '06

La plaza del Sol, el punto más caliente de las fiestas nocturnas de Gràcia, tuvo en la madrugada de ayer un visitante inesperado. Joan Miquel Capell, intendente jefe de los Mossos d'Esquadra en Barcelona, quiso supervisar personalmente el desalojo de las calles tras el cierre de los festejos y acabó paseándose tranquilamente por la zona mientras sus agentes, coordinados con los de la Guardia Urbana, vaciaban el barrio pacíficamente y sin resistencia.
La operación se inició a las 5.40 de la madrugada, dos horas después de que parase la música, y concluyó sin incidentes 40 minutos después. Capell debió respirar hondo tras 10 meses de despliegue de los Mossos en Barcelona repletos de sobresaltos. Y a buen seguro cruzó los dedos cara a la madrugada de hoy, el último asalto.
El dispositivo policial se completó con la labor de un numeroso contingente de agentes de paisano que lograron reducir a la mínima expresión la presencia de los clásicos lateros, una vez cerradas las barras legales. Y si no hay alcohol, no hay fiesta.
Esta presión estuvo precedida por el control del horario de cierre de bares. En la plaza del Raspall, una de las más concurridas, los siete camareros que atendían la barra exterior levantaron los brazos segundos después de que la orquesta parase de tocar y el cantante respondiera a las protestas de un sector del público con un disciplinado "no puede haber música tras las tres y media".

La penúltima copa
Los tiradores de cerveza fueron desconectados de los barriles y las numerosas personas que se acercaron a la barra a pedir la penúltima copa recibieron una negativa por respuesta. "Nos están controlando", confesó en voz baja uno de los camareros ante la insistencia de un cliente. Lo mismo sucedió en el resto de espacios, incluidos los gestionados por los colectivos alternativos.
El alcalde de Barcelona, Joan Clos, dijo poco antes del verano que el ayuntamiento hablaría con estos grupos para pacificar la cita, un extremo que ellos han negado. Pero es evidente que se ha producido un pacto tácito entre todos los integrantes de la tradicional celebración --estén integrados o no en la federación organizadora-- para que no se repitan los disturbios de las dos ediciones anteriores.
"Aquí no hay quien beba", acabó gritando desesperado un joven cerca de la plaza de Rius i Taulet, mientras uno de los pocos lateros que se saltó el cerco policial era desbordado por una avalancha de clientes sedientos.
Esta situación acabó por resignar a buena parte de los que querían seguir la fiesta, que se fueron marchando poco a poco. En este punto fue también clave la pionera iniciativa municipal de mantener el metro en funcionamiento de forma ininterrumpida. El andén en dirección al centro de la ciudad de la estación de la línea 3 de Fontana se quedó pequeño en algunos momentos ante la gran afluencia de usuarios. Incluso había personal de limpieza, mocho en mano. Verlo para creerlo.
Al final solo quedó el habitual grupo de irreductibles, concentrado entre la plaza del Sol, la del Poble Romaní y la calle de Ros de Olano, donde un pequeño local siguió sirviendo solo comida. También se formó un grupúsculo en la plaza del Diamant, en obras, pero unos y otros fueron conducidos por la policía hasta Torrent de l'Olla.
Allí se dispersaron, mientras los vehículos de limpieza entraban en el barrio, ante la atenta mirada del intendente Capell. Después de dos años de pesadilla, Gràcia empieza a pasar página.