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Los vestidos de Agatha, objetos textiles insólitos que aparecieron en la moda española en 1981 y que llegaron a Francia en la década de los noventa, en un momento en el que toda Europa se interesaba por la movida madrileña, afloraron como una serie de postales en color de un país que parecía haber renunciado a cualquier tipo de oscuridad. Atípicos e inclasificables, no pretendían reinventar la moda, porque, en cierto modo, eso poco importaba.
El ámbito de intervención de Agatha Ruiz de la Prada es la ropa liberada de los vínculos con cualquier sistema; es el ámbito de la relación entre el cuerpo —el suyo o el de la clienta— y la pieza, arquitectura pura, con fronteras muy amplias. La creadora confiesa que siente el mismo placer con los «pequeños proyectos» culturales o publicitarios —tan numerosos en su próspero entorno— que con sus colecciones, y sin duda, la razón principal es que, en ella, todo es moda.
Los diseños de Agatha no se asemejan a ninguno de los bocetos y las ilustraciones que ha aportado la historia de la moda. Son refinados, esenciales, discretos, sencillos y elementales, y nunca vehiculan los melindrosos arquetipos de la feminidad que demasiado a menudo se enseñan en las escuelas de moda de todo el mundo. Las raíces de Agatha habría que buscarlas en el ámbito de las artes, que la rodearon desde la niñez, más que en la moda con la que se siente totalmente libre. En cuanto a su tarea creadora, no se puede disociar de la apropiación que realiza de sus obras cuando aparece vestida de su «jardín imaginario».
Gracias a su vínculo con el arte desde la niñez, en 1982, tan solo un año después de presentar la primera colección, expuso en la Galería Vijande de Madrid sus «vestidos pintados por Enrique Vega y fotografiados por Javier Vallhonrat». Agatha Ruiz de la Prada se da cuenta rápidamente de que la exposición de moda puede convertirse en un verdadero lenguaje, y la inventa a medida que va recibiendo invitaciones. En el CAPC de Burdeos o en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, en Bilbao o en Milán, disfruta con el ejercicio expositivo en espacios de prestigio y seriedad a los que aporta el contrapunto del humor evidente de sus creaciones.
La proximidad que ha establecido Agatha Ruiz de la Prada con el arte y sus sistemas de presentación en todas sus colecciones se ha ido consolidando de manera natural a través de los homenajes. «Homenaje a Chillida» (1996), «Homenaje a Miró» (2000) y la colaboración artística con Enrique Vega (1982) son ejemplos de colecciones en las que los vestidos exclusivos «para poner y exponer» marcan la pauta.
Sus originales prendas de vestir parecen definir de repente nuevos campos estilísticos para la ropa. Podríamos hablar de moda povera al observar aquel vestido fijado a un cartón (1989), o añadir land fashion cuando contemplamos la colección de vestidos realizados con flores naturales que elaboró en colaboración con Christian Tortu (1998). Las referencias al pop art y al surrealismo también son frecuentes.
Los modelos de Agatha son los portavoces de su estado de ánimo en cada momento, pero también de sus convicciones, si es que no son directamente su emblema. Contra los vientos y las mareas de la moda, prescinde del minimalismo dominante y, frente a la cotidianidad, impone la naturalidad de unas prendas de vestir que, aunque no lo sean, parecen incomparables.
Estilista, creadora, escultora textil, manipuladora artística de la ropa... Agatha Ruiz de la Prada huye de las etiquetas pero, finalmente, las abarca todas. Es una artesana de la apariencia que ha conseguido transformar la ropa en una obra cotidiana, un contrapunto a la uniformidad del mundo.