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• Los inmigrantes han impulsado esta práctica en los espacios verdes de 9 distritos en los últimos años

• El uso intensivo de los parques, en especial junto a la Ronda Litoral, ha obligado a reforzar la limpieza


Patricia Castán
El Periódico
Domingo, 27 julio '08

Los inmigrantes rompieron la veda y retomaron una costumbre perdida décadas atrás. Hace unos pocos años desplegaron manteles en zonas verdes de Barcelona y ahora son muchos los barceloneses que se han sumado a la reconquista del picnic en su versión más urbana. Lo argumentan a tres bandas: es barato, es divertido y permite socializar. Los parques junto a la Ronda Litoral (del Port Olímpic a la Mar Bella, pasando por el del Poblenou) y el mirador del Migdia, en Montjuïc, son sus grandes polos de atracción.
En los últimos años, el uso de los espacios verdes de la ciudad ha ido cambiando para acoger nuevas funciones. Ya no son solo zonas de paseo o de juegos infantiles, sino que ejercen de lugares de encuentro, de relax y de ocio. Al margen de los puntos consolidados durante años en Collserola, la ciudad daba la espalda a este tipo de actividad social consolidada en otros grandes parques urbanos de ciudades como Nueva York, Londres, Berlín y las capitales nórdicas.
Pero en Barcelona la vergüenza por comer en público seguía siendo un lastre que ahora empieza a difuminarse, hasta el punto de que muchos grupos de amigos o incluso de padres con niños pequeños comienzan a apuntarse a esta tendencia.

VEINTISÉIS ÁREAS El ayuntamiento ha tratado de dar respuesta a la nueva demanda ampliando los servicios de recreo en los parques más importantes de la ciudad a medida en que se realizaban obras de mejora. Las zonas de picnic se han abierto paso en el Laberint, la Ciutadella, el parque Güell y otros, hasta completar un total de 26 espacios en nueve distritos, todos los de la ciudad salvo el Eixample. No se trata de áreas delimitadas, pero en ellas se instalan mesas y bancos de madera para comer y se las dota de papeleras e indicadores. Todos los parques se limpian una vez al mes, aunque en el caso de la Ciutadella y el Güell se hace en dos ocasiones. La limpieza, no obstante, depende muchas veces del civismo del usuario.
Sin embargo, los nuevos puntos dispersos por la ciudad no pueden hacer sombra al tirón de los espacios verdes situados sobre la Ronda Litoral, a escasos metros de las playas. En esta zona --que no ha sido especialmente habilitada ni promovida por el ayuntamiento a tal efecto-- confluyen césped, proximidad al mar, terreno abierto y despejado y buena comunicación gracias al metro, que hace fácil la llegada desde cualquier punto de Barcelona. Miles de personas acuden aquí los domingos en busca de un espacio de escape, para salir de sus pequeños pisos, para sentarse sobre la hierba sin salir de la metrópoli o para reencontrarse con sus compatriotas. Corren la comida, las neveras de plástico, las guitarras y los juguetes.

QUEJAS DE LOS VECINOS
El nuevo uso se ha acompañado de un ampliado dispositivo de limpieza para compensar el desgaste de los espacios. En Montjuïc, por ejemplo, la zona del Migdia (junto al Camí del Mar) se beneficia del operativo de mantenimiento de Parques y Jardines, al que se suma el que lleva a cabo la empresa municipal BSM en el entorno. En el parque del Poblenou (entre el cementerio y la playa del Bogatell) se refuerza la limpieza los fines de semana, principalmente por la tarde, tras el paso de cientos de fugaces usuarios, explican fuentes municipales.
La tarea es ardua, tras las quejas expresadas hace un par de años por algunos vecinos, pero frenar el fenó-
meno del picnic en esta área, y desde el Bogatell a la Mar Bella, es ya imposible. El ocio dominguero se ha consolidado no solo a base de filipinos, ecuatorianos, peruanos, colombianos, argentinos y demás, sino también con grupos de autóctonos.

BAJO COSTE
Así, mientras en los parques más céntricos y estructurados el espacio es menor, en las grandes áreas de Sant Martí y Montjuïc los usuarios domingueros se sienten más a sus anchas. En el mirador del Migdia, el pasado domingo, Lluís había desplegado fiambreras, tortillas y neveras portátiles para celebrar su cumpleaños con los amigos. No conocían el lugar, pero alguien les comentó que allí había mesas y bancos y hasta un chiringuito (La Caseta del Migdia). El objetivo era "salir de casa sin salir de Barcelona", y a bajo coste. Con menos de 100 euros tenían un arsenal de comida y bebida. En un restaurante el presupuesto se habría disparado. Y lo mejor, apuntó otra dominguera, es que tras la comida y las risas hay lugar para la siesta, bajo la sombra de un árbol y con vistas a la ciudad.

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