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El litoral barcelonés ha ampliado su éxito a las noches de verano. Vecinos y turistas hacen de la arena un lugar divertido y barato donde pasar algunas horas de esparcimiento

Raúl Montilla / Enrique Figueredo
La Vanguardia
Martes, 29 julio '08

El éxito de las playas de Barcelona, uno de los espacios públicos más frecuentados de Europa, no termina con la puesta de sol. En los últimos tiempos, y especialmente este año en que la crisis muestra sus garras después de un largo periodo de bonanza económica, los arenales de la capital catalana se han convertido en uno de los lugares preferidos para disfrutar las noches de verano, de forma gratuita y sin la presión que las campañas antirruido y las quejas vecinales ejercen sobre los noctámbulos. A los llenazos de día les sucede una gran afluencia de público familiar por las noches que, ya de madrugada, es relevado por numerosos grupos de jóvenes que hacen suyas las playas hasta que los servicios de limpieza, con la ayuda de la Guardia Urbana, despejan la zona al amanecer. En lo que va de temporada la policía local ha desalojado ya de las playas a más de 10.000 personas de madrugada.

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Cuando ya hace varias horas que el sol se ha puesto y los chiringuitos están a pleno rendimiento sirviendo paellas, a la playa sigue llegando gente de todas las edades, niños incluidos. Algunos adultos se meten en el agua para abrir apetito con la seguridad de que fuera les espera un bocadillo de mortadela. Al filo de la medianoche, la arena está casi tan llena como si fuera de día. Los que acuden confiesan que es más agradable que ir a cenar a un restaurante. Y, sobre todo, gratis.

Apenas hay turistas. Los que bajan a la playa de la Mar Bella o del Bogatell son barceloneses. Se ve alguna cerveza, pero los botellones son raros. Alguna cerveza y poco más. El alcohol de más octanaje llegará más tarde. Son las 11.30 de la noche y Fluvio busca una toalla para secarse tras salir del agua en Bogatell. "Ahora comienza a hacer fresco", comenta a uno de sus amigos. Muchos son de la Barceloneta. "Aquí no hace calor, se está de maravilla. Nos comemos nuestros bocatas, charlamos un rato y para casa", dice desde su tumbona una señora de unos 60 años.

A unos metros, más de treinta personas se congregan en torno a una radio-CD portátil. "Ahora voy a poner salsa", dice Rosa ante la queja de algunos de sus amigos. Hoy cumple 36 y lo están celebrando. "Puede venir la Guardia Urbana, pero tenemos derecho a disfrutar de la playa y no molestamos a nadie", explica. Por el paseo marítimo siguen pasando bicicletas, gente haciendo deporte o paseando. Algunos turistas se hacen fotos en los bancos de piedra, ocupados casi en su totalidad por personas que pierden la vista en el horizonte. Mientras, otros bajan a la playa con sus perros, como Joan y Amaranta, que le ofrecen a su bulldog francés Cleopatra el lujo de bañarse en las tranquilas aguas de la Mar Bella. Amaranta pide un vaso de plástico a otro grupo de amigos que, rodeados por antorchas de alcohol, hacen sobremesa con las fiambreras encima de mantas. "Nos traemos la comida, los niños, y disfrutamos todos", explica.

En la lejanía del espigón entre Bogatell y la Mar Bella, un grupo de veinteañeros de Sabadell echa la caña de pescar. "¿Queréis un whisky? Bebemos mientras pescamos ratas, porque aquí parece que no hay otra cosas, pasamos un buen rato y para casa, que la cosa no está para irse todos los días de discoteca", explica uno de los jóvenes. Es ya la una y media y cada vez pasan menos bicis.

La expresión máxima de la ocupación lúdica de las playas barcelonesas se da cada verbena de Sant Joan. Esa noche, decenas y decenas de policías - guardias urbanos y mossos- despejan las playas al amanecer. La actividad ha sido incesante. A muy menor escala, cada día, especialmente los fines de semana, se lleva a cabo un operativo parecido. Miembros de la Guardia Urbana de los distritos de Ciutat Vella y Sant Martí montan servicios con los que se encargan de vaciar la arena conforme se acerca el momento de que las máquinas del BCNeta limpien la playa.

Ese tipo de desalojos se lleva a cabo entre las 6.30 y las 7.30 de la mañana. A esas horas, ya no quedan familias. Las parejas en busca de unos momentos gratuitos de intimidad con el mar y la luna como escenario de fondo han dejado hace un rato el arenal y se han ido a sus casas. Entonces, según fuentes de la Guardia Urbana, lo que quedan son dos grupos de personas. Por un lado están los turistas low cost,los mochileros,el turismo barato, los que tienen en la playa - aprovechando el buen tiempo- su lugar para pernoctar. Es su elección. No una circunstancia que se haya producido de forma sobrevenida como se corresponde con el segundo gran grupo de personas que ocupan la playa hasta el final.

El segundo grupo lo compone gente joven que va de fiesta a la playa, que quizá se pasa con el consumo de alcohol y que se queda a dormir. Con la llegada de la luz y los guardias, vuelven a sus casas. En todo el verano no se ha producido ningún altercado, ni desacato a los guardias.

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