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• Los vecinos de las zonas más visitadas de Barcelona siguen reclamando medidas contra la masificación

• Tres distritos idean planes para recuperar el equilibrio


David Placer
El Periódico
Lunes, 13 octubre '08

Tourists are not welcome. Los turistas no son bienvenidos. La frase, que fue pintada con grafito en el pavimento de una de las calles de las fiestas de Gràcia este año, parece tener eco en algunos barrios de Barcelona donde la avalancha de visitantes irrita a quienes sienten que pierden espacio para su paseo y recreación. Desde el parque Güell hasta la Barceloneta y desde la Sagrada Família hasta Montjuïc, los vecinos exigen medidas para atenuar el impacto que causan los visitantes de pocos días en la vida cotidiana de quienes deshojan el calendario todo el año en la ciudad.
La molestia por la pérdida de espacios para el disfrute de los barceloneses ha hecho que algunas asociaciones de vecinos propongan crear un frente común contra los problemas del turismo en cada barrio: exceso de autocares en la Sagrada Família, avalanchas de visitantes en el parque Güell, la Rambla y el barrio Gòtic, vecinos de la Vila Olímpica que van a las playas de la Costa Brava para evitar los tumultos de Nova Icària y Bogatell.
"Casi ningún barcelonés va a pasear por la Rambla. Eso es un hecho constatable. Se ha perdido ese espacio para el disfrute ciudadano, así como muchos otros en el centro. El modelo de turismo es insostenible y debe cambiar", asegura Jordi Giró, vicepresidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB).

Excesos por doquier
Con la ayuda de un centenar de expertos, empresarios, políticos e intelectuales, el ayuntamiento --a través de Turisme de Barcelona-- ha encargado la elaboración en los próximos meses un plan estratégico para los próximos siete años. El proyecto turístico estará listo en el 2010 e intentará poner freno a los inconvenientes de esta actividad.
Por su parte, los distritos de Ciutat Vella, Eixample y Gràcia ya elaboran proyectos con el fin de atenuar los efectos del turismo en la vida vecinal. El casco antiguo prepara una reforma de la Rambla y la plaza de los Àngels, dos medidas que intentan equilibrar el uso del espacio entre autóctonos y turistas --skaters, en el segundo caso--.
El distrito de Gràcia también desarrolla un plan de usos para el parque Güell. Los vecinos han exigido medidas para recuperar este espacio para el paseo vecinal. "Con el exceso de gente, ya no se puede visitar el parque casi a ninguna hora. Es una queja común de los habitantes de la zona", explica Joaquim Torres, presidente de la asociación de vecinos de la Salut.
Los detalles de cómo logrará la administración reducir la presión turística en los espacios públicos aún no han quedado claros, porque los planes aún están en fase de redacción. El Eixample se centra en su principal problema turístico y busca una solución para el exceso de autocares que ocupan la vía en las calles aledañas a la Sagrada Família. "Los grupos permanecen entre 20 y 40 minutos y crean colapsos. La mayoría de los vecinos intentamos evadir las calles de Marina y Serdenya para no sufrir", afirma Joan Balañac, vicepresidente de la asociación vecinal de la Sagrada Família.

Menos locales
Los vecinos también expresan molestias por el crecimiento de comercios y locales de comida rápida para foráneos. Precisamente para aliviar este resquemor, desde mediados de año, Ciutat Vella y el Eixample han prohibido la apertura de nuevos locales de recuerdos o souvenirs.
Los residentes que frecuentan las plazas de la Sagrada Família intentan alejarse del amasijo de autocares y grupos. "Siempre nos sentamos lejos de la gente, en la parte menos turística, para no mezclarnos con el tumulto de extranjeros", añade Balañac.
La presión turística está erradicando viejas costumbres. En la Barceloneta, algunos vecinos han dejado de sacar sus sillas a la calle para tomar el aire. "Prefiero no estar mucho tiempo afuera para no tener problemas. Ya no me siento enfrente de la casa ni en la plaza. Casi siempre termino peleando con alguien que mea en una esquina o deja una lata en la ventana", explica Fernando Prieto, vecino del barrio.

En Poble Sec
El temor de mezclarse con el turista hace que muchos barceloneses descarten ir de compras al Maremàgnum o tomar una copa en el Port Olímpic, sitios que sí tienen eco entre los inmigrantes. "Nunca había venido a las playas de Barcelona porque pensaba que estarían fatal, pero me han sorprendido", afirmaba Carla Moro, una vecina de Sarrià, en un chiringuito de Bogatell hace varias semanas
La turismofobia también ha llegado al Poble Sec, donde los vecinos piden que la tarifa del teleférico de Montjuïc sea integrada para favorecer las visitas de las familias del barrio. "El hotel Miramar, el Museo del Deporte y la peatonalización de parte de la calle de Margarit son algunos de los factores que han hecho que la montaña de Montjuïc, que antes era un equipamiento de la ciudad, ahora sea un reclamo turístico", dice Ana Menéndez, presidenta de la asociación de vecinos de La Satàlia.
Este año, gracias a la avalancha de visitantes, los chiringuitos de la Barceloneta han aliviado la crisis, los restaurantes han respirado y los colmados y tiendas de souvenirs casi no la han notado. Para el próximo año muchos desearán poderse volver a quejar de los turistas.

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