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Núria Marrón
El Periódico
Miércoles, 03 diciembre '03

Que nadie espere encontrarse allí con, por ejemplo, Galliano. Ni mucho menos con la top de los últimos 10 minutos. La sección de moda del Festival Internacional de Arte Contemporáneo de Barcelona (BAC), que se celebra entre ayer y hoy en el CCCB, ha lanzado dos preguntas: ¿qué relación tienen arte y moda? Y, es más, ¿qué queda de ella cuando se le amputan las colecciones, los desfiles y la siempre hambrienta caja registradora? Creadores, patronistas, fotógrafos, redactores, peluqueros e ilustradores han dado una respuesta bastante tétrica. Si la moda es un barómetro de la sociedad, corren tiempos lúgubres.
El colectivo de artistas mexicanos Atando miedos incluso llega con una proyección llamada Dress to kill (vestida para matar). Imposible dar con mejor título: en ella se ve el vestuario militar químico que experimenta EEUU. Jeff Silva, un "científico atípico" del Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde trabajó Einstein, ha sacado de estrangis "la ropa que llevará el Ejército en la próxima guerra", dijo ayer Charo Mora, comisaria de la exposición.
Hay más cosas que hacen abrir los ojos. Por ejemplo, la funda para dos cuerpos, "el mejor patrón", de Inés Monge. O las ilustraciones de Óscar Visitación, quien, bajo el título de Quiéreme mucho, traza pintalabios con espinas y chicas que se cortan la cabeza. O el traje que el canario Rafael Valerón, afincado en París, ha confeccionado a través de las pesadillas de personas que fueron a su desfile y explicaron en un test. El creador, identificado con Lacroix, ha cosido varias camisetas negras y ha realizado bordados y aplicaciones que, por ejemplo, representan un ataque de cucarachas o un cerebro en una bañera. Por cierto: aunque parezca misión imposible, el traje puede ponerse.
El tema lúgubre no era el requisito de la muestra, pero también tiene ecos en la mirada de Eugenio Recuenco. El fotógrafo, cuyos colegas Daniel Riera, Sergi Pons y Rafa Gallar también están en el CCCB, recupera en sus fotos el estilo del libro de los muertos, cuando los fallecidos se llevaban sus mejores galas de mortaja.
Para evitar la muerte, la de las prostitutas, Lola Blanquer se ha marcado unas prendas de látex: "Para que puedan seducir protegidas". La puesta en escena es una habitación de motel con una televisión que emite imágenes de putas de ficción. Los chulos impidieron, sin demasiada amabilidad, que filmara a las de verdad.
La morgue, ya sin tapujos, llega con la autopsia que Marucha G. Mateos practica a un traje. Con bisturí. "Es para ver lo que funciona y lo que no", aseguró. ¿Tan tétrica es la moda? "Realmente --dijo--, lo que vemos aquí da para un estudio sociológico".