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• Los ladrones de bicicletas de Barcelona presumen de que ningún candado es infalible

• Almacenan los vehículos en portales y azoteas de Ciutat Vella y los venden en la calle o en mercados ilegales por entre 15 y 700 euros


Catalina Gayà
El Periódico
Jueves, 31 marzo '05

"Yo robo una bicicleta al día. No es mucho, porque un profesional roba cinco o seis. Ellos viven de eso. ¿Cómo las robo? Con unos alicates. Es lo más fácil y rápido".
M. tiene unos 18 años --quizás 17, quizás 20--, es marroquí y tiene claro que robar bicis es delinquir, pero eso no le asusta ni lo detiene. "A mí sólo me asusta mi familia y Dios", aclara. "Lo hacía por la pasta", agrega ahora con el verbo en pasado, como para no dejar claro si sigue en este negocio o si ya lo ha dejado. Eso sí, los motivos los tiene bien claros, tanto en el presente como en el pasado: "Por dinero, para sobrevivir. Como todo el mundo".
El robo de bicicletas en Barcelona se ha convertido en los últimos años en un negocio pujante por la facilidad con que se sustraen bicis enteras o piezas de éstas en las calles de la ciudad. Y, claro está, por las cuantiosas ganancias que se obtienen de esta práctica ilegal.
Cinco minutos de trabajo y entre 60 y 120 euros por bici. Eso si se vende a conocidos o vecinos. Si quien la compra es un intermediario que luego la vende en los mercados ilegales de la ciudad, el precio es algo inferior.
Cada ladrón tiene su zona, su perfil de víctima y su manera de actuar. Para M., el muchacho de entre 17 y 20 años, el mejor lugar es una terraza de la Barceloneta los fines de semana. Las víctimas: grupos de turistas que llegan pedaleando. "Nunca se dan cuenta y sólo las sujetan con una cadena de espiral. A veces sólo encadenan una rueda", dice. ¿La hora? "Por las noches es mejor, pero cualquier momento es bueno".

Visto y no visto
Es la noche de un viernes de marzo. Los turistas amarran sus bicis cerca de una terraza sin fijarse en dos muchachos que los acechan. Las víctimas se despistan entre risas y las primeras cervezas. Es el momento de actuar. Dos "socios", como se llaman el uno al otro dos adolescentes marroquís, no pierden el tiempo. Uno de ellos, siempre el mismo, se aposta a unos metros de las bicicletas. Vigila que no aparezca la policía y que los turistas no miren. El otro saca unas tenazas de la mochila, se agacha y corta la cadena. La rompe en menos de cinco minutos, se monta en la bicicleta y se aleja. Los turistas no se han percatado de nada.
El socio sigue otro camino. Se reunirán en casa del primero. Allí planificarán dónde y cuándo la sacarán a la venta y si le dará una mano de pintura para camuflarla.
"Yo las guardaba en la azotea de mi casa y las vendía a los vecinos. A veces, las ofrecía en los bares. Llegué a tener más de 11 en el terrado", explica M., que insiste en hablar en pasado.
La asociación Amics de la Bici denuncia que los robos de bicicletas aumentaron un 67% en el 2004 y que se han convertido en uno de los mayores frenos para el uso de la bici en la ciudad. Y es que robar una bicicleta, según los propios ladrones, es muy fácil.
"Todos los candados tienen su propio sistema. Ninguno se resiste. Lo más fácil es abrirlo con una llave hecha con un limpiaparabrisas, cortarlos con tenazas o con una sierra, o romperlos a patadas", explica A., otro muchacho del Raval.
A. no se lleva el botín a casa: "Las coloco en la calle minutos después de robarlas". Afirma que también las usa como transporte propio durante unas horas. "Yo vendía droga y las robaba para desplazarme. Luego las vendía en la calle del Hospital", dice, también en pasado.
En algunas porterías del centro llegan a haber hasta 15 bicicletas aparcadas una encima de la otra. "Son de mis amigos", dice un joven, catalán, que las entra y que ronda por las calles del Raval los sábados por la noche. No quiere decir más.
Cualquier noche de fin de semana, muchachos marroquís y catalanes dan vueltas por el Raval bicicleta en mano . Van en grupos de dos o tres. Los marroquís con los marroquís y los catalanes con los catalanes. De la calle de Joaquim Costa a la de Pintor Fortuny. Se acercan a los bares y preguntan a los camareros si alguien quiere una bici. A altas horas de la madrugada, una bicicleta de montaña puede quedar por 15 euros.
Estos hurtos, explican ellos, se hacen muy cerca del lugar de venta: en Ciutat Vella o en el Eixample. "¿Quieres una bici?", le pregunta un chico catalán a un camarero. Otros buenos lugares para robarlas: la plaza del Museu d'Art Contemporani de Barcelona (Macba) o frente a los bares.
Las que no se vendan esta noche acabarán en oscuros portales o azoteas de Ciutat Vella y luego se colocarán en mercados ilegales. Según los ladrones, hay tres en Barcelona: al final de la Rambla del Raval, en la plaza de George Orwell y en la de las Glòries. Las piezas, como sillines o ruedas, se venden a mecánicos.
Claro que ésta es sólo una parte del negocio. La que da más ganancias es el robo de bicis en los pueblos, que luego se pueden vender en Barcelona hasta por 700 euros. "Este negocio lo hacen adultos de entre 40 y 45 años que van a pueblos como Sitges y roban bicicletas guapas. Son catalanes y rumanos", dice un vecino del Raval.

El nuevo 'dueño'
A Carlos le robaron la bicicleta en la calle de la Paloma. Era una pieza rara como había pocas en la ciudad. Unos días después la vio aparcada enfrente del mercado de la Boqueria. "Ésta es mi bici", decía sin poder creérselo. Esperó a que llegara el nuevo dueño y tuvo que discutir para que se la devolviera. El joven nunca admitió que la había comprado a un ladrón.
"Si compras una bici robada, te puede reclamar el dueño, pero a mí ya no me pueden decir nada", dice M. Cuenta, otra vez en pasado, que se dedicó a este negocio de los 13 a los 17 años. "Es dinero fácil", repite y se queda tan ancho.