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MUCHOS LOCALES DE BARCELONA ACEPTAN CLIENTES EN BAÑADOR
Claudia Cucchiarato
La VanguardiaSábado, 27 agosto '05
No hay mesas libres". La respuesta del camarero es fulminante al comprobar que quien desea cenar es una señorita en bikini y un joven en shorts. Los camareros del establecimiento - el Senyor Parellada en la calle Argenteria de Barcelona- no se atreven a declarar que impiden el acceso por razones estéticas pero, si se les pone entre la espada y la pared pretendiendo esperar en la barra hasta que algún sitio se libere, la verdad sale a la luz. "Lo siento señorita, aquí usted no puede comer, por lo menos hasta que no se ponga algo más decoroso sobre el bikini - acaba admitiendo el camarero-. Se trata de respetar a los demás clientes, nada en contra de su bañador, que puede ser de una marca cara".
El caso del prestigioso Senyor Parellada es excepcional. De hecho son muchos los locales de Barcelona en los que una chica en bañador o un joven con pantalones cortos pueden entrar y consumir tranquilamente. Desde una copa hasta una opípara cena. En el restaurante El Pampero de la plaza Letamendi, por ejemplo, a estas personas se las deja escoger la mejor mesa, y en la conocida charcutería del Gòtic Xaloc los comensales pueden degustar el más rico de los vinos catala-nes descalzos o medio desnudos, sin que los empleados alcen las cejas.
En la Rambla cada día se pasean chicas en bañador y en el antiguo Cafè de l´Òpera los camareros están tan acostumbrados a atenderlas que, lejos de sorprenderse, celebran su presencia en el local con miradas de complicidad. Hasta en el bar del hotel Ritz, en la Gran Via, los clientes toman cócteles tranquilamente en bikini o bermudas al volver de la piscina o de la playa. "Desde hace unos años en verano ésta se ha vuelto una costumbre habitual - dice un empleado del hotel-. Lo que importa es que paguen la cuenta, no nos interesa la vestimenta".
En cambio, en Buda Bar, en Pau Claris, la línea de actuación es poco permisiva con los paños menores. Sin camisa de manga larga no entra ningún hombre porque éste es el estilo marcado por los locales de la cadena.
Otro de los pocos bares en los que entrar en bikini es como tomar una ducha fría a veinte grados bajo cero está en el número 1 de la calle Tallers. "Hay que mantener unos niveles mínimos de decencia", dice Maria Dolors Boadas, que tiene una posición privilegiada en la pequeña barra de su mítica coctelería para escrutar a quien entra. Un espejo que da a la puerta le permite detectar a los que no visten de manera apropiada y prohibirles la entrada.
"Los parámetros son menos exigentes con los años - admite Boadas-. Hace veinte para entrar había que llevar camisa y corbata, en cambio ahora lo único que pido es que los hombres no vistan con pantalones cortos o camisetas sin mangas". Un cartel en la puerta lo dice todo y tanto éxito está teniendo que la propietaria se está planteando ponerlo aún más grande. Algunos locales en el extranjero desean copiarlo.
Carlos Villalobos, habitual del local, se gira ante la pareja en ropa de baño al percibir el forcejeo dialéctico con el camarero. "No vi nunca alguien tan atrevido aquí", admite entre sorprendido y divertido. "Por suerte se está acabando el verano", le responde Jerónimo, empleado en el Boadas desde hace 34 años. "En invierno por lo menos no tengo que obligar a nadie a aplicar unas normas que me parecen éticas", concluye con cierta resignación mientras pide a los transgresores que se pongan camiseta y pantalones.
El límite de lo permitido respecto a la longitud de las mangas o de los pantalones es algo confuso en los carteles que, hace unos meses, se pueden leer en las puertas del
Museu Picasso y de la catedral. Aquí unos empleados municipales regulan el acceso atendiendo a unas medidas un tanto subjetivas. "En bañador no pueden entrar, en camiseta de tirantes tampoco... bueno depende de los tirantes", dice el empleado de la catedral. Dicho y hecho: mientras una chica mexicana que luce una camiseta gris sin mangas no tiene ningún problema en acceder al recinto, una japonesa que sólo enseña un centímetro más de piel se queda fuera.
En la iglesia de
Santa Maria del Mar no hay limitaciones de acceso. Nadie prohíbe pasearse en bañador en esta perla de la arquitectura gótica y lo que más extraña es que ningún feligrés se dé la vuelta. ¿Es normal entrar en una iglesia en bikini? Parece que sí.